Puede que una de las situaciones más incómodas de la vida sea la muerte. De pequeña no podía dejar de preguntarme por qué nadie hablaba de ello si todo el mundo iba a morir. Como si hacer que no existiera lograse dar a los mayores la ilusión de que nunca les iba a llegar. Por absurdo que parezca, cuando uno lo piensa con tranquilidad, nuestra cultura niega la muerte de la misma manera que no acepta la tristeza, la ira, el agobio o cualquier cosa que les haga salir de su anestesia ante la vida. Cuando alguien muere seguimos buscando formas de escapar a la incomodidad. No entramos en la emoción, evadimos la conexión, intentamos no recapacitar y lo único que deseamos muy fuerte es que todo pase y vuelva “la normalidad”.

Nuestra cultura niega la muerte de la misma manera que no acepta la tristeza, la ira, el agobio o cualquier cosa que les haga salir de su anestesia ante la vida.

Esta necesidad de no conectar y la cultura que nos acoge hacen que cuando estamos en un funeral nos sintamos como pez fuera del agua. No sabemos qué decir, asumimos que nada de lo que hagamos servirá de nada (ya que el muerto seguirá muerto) e intentamos cumplir con nuestro deber social de asistir. Nadie dice que las personas cercanas al fallecido no aprecien la sola presencia de familiares, amigos y conocidos, pero seamos honestos, podemos hacerlo mejor. Para ello vamos a comenzar por intentar no volver a usar ninguna de estas frases en un funeral:

“Es ley de vida”

“Siempre se van los mejores”

“El tiempo lo cura todo”

“Te acompaño en el sentimiento”

“Sé lo que se siente”

“Es mejor que te intentes calmar”

“Hay que ser fuerte”

“Era lo mejor”

¿Se te ocurren más frases típicas? Pues esas tampoco. Veamos qué hay detrás de cada una de ellas y cómo tenemos mejores opciones.

“ES LEY DE VIDA”. A veces lo es y otras no. Todos los padres esperan que sus hijos les sobrevivan, aunque tristemente esto no siempre es así, por tanto en ese contexto esa frase sería extremadamente inadecuada. Y si la persona fallecida era ya mayor, sinceramente no hace que nadie se sienta mejor. Está claro que a cierta edad todo el mundo espera que llegue su momento y que es más fácil de aceptar, pero todos vamos a echar de menos a la abuela aunque tuviera cien años y su muerte suponga un dolor. Decir que es ley de vida supone intentar racionalizar una emoción, eso no es posible y además es injusto para los dolientes porque les hace parecer poco racionales al sentirlo.

“SIEMPRE SE VAN LOS MEJORES”. Siempre nos vamos todos, mejores y algo peores. Si con esta frase queremos expresar que teníamos cariño y admiración por el difunto, digámoslo. Usar una frase hecha ya escuchada mil veces no hace sentir a nadie que está recibiendo una atención especial. Con una frase desde el corazón el efecto no se parece en nada. “Cómo admiraba a tu padre”, “Qué buena persona era tu madre, qué atenta”, “Era un buen amigo, siempre podías contar con él”, ¿verdad que estas frases no suenan vacías?

“EL TIEMPO LO CURA TODO”. Expresado así parece una máxima indiscutible y lo cierto es que hay heridas que no sanarán del todo jamás. Si bien es cierto que con el tiempo daremos, en situaciones sanas, otra dimensión a los hechos y habremos pasado por el dolor más intenso, el hecho de saber que estaremos mejor en unos meses no ayuda en el momento. En esa situación lo que sí que sirve es un buen abrazo, que nos tomen la mano, que sencillamente nos traigan una bebida o algo de comer. 

“TE ACOMPAÑO EN EL SENTIMIENTO”. La intención de la frase es buena, pero al ser tan habitual le quita sinceridad. Es como un recurso fácil que podemos sustituir por un: “estoy aquí si me necesitas”, “es un momento difícil, lo siento mucho por ti y tu familia” o “que pena me da lo ocurrido, le tenía mucho cariño”.

“SÉ LO QUE SE SIENTE”. Lo más probable es que en el transcurso de nuestra vida hayamos tenido contacto con la muerte de alguna manera (un familiar, un animal al que amábamos, un amigo cercano…). Con cada uno habremos sentido algo distinto según nuestra relación con ese ser o nuestras creencias y estado anímico del momento. Por tanto, no asumamos que tenemos la menor idea de cómo se siente la persona a la que se le ha muerto alguien. No lo sabemos y tampoco hace falta. Como mucho podremos decir: “yo también he perdido a quien amaba y lo pasé realmente mal, lo siento”. Ahí hablamos de nuestra experiencia, eso es muy válido y siempre ayuda. 

“ES MEJOR QUE TE INTENTES CALMAR”. Estar triste, llorar e incluso sentir mucha rabia o culpabilidad puede ser normal cuando estamos en un funeral. Quizás estas emociones puedan incomodar ya que nosotros mismos no conectamos con las nuestras, o porque desearíamos poder ayudar más a esa persona y que no tuviera que pasar por este duro trance. Da igual cuál sea la razón o la intención; es absolutamente necesario permitir a los demás sentir y aceptar aquello que sienta. En caso contrario no nos engañemos, estamos siendo muy egoístas, mirando por nuestra comodidad y no por el bienestar de la otra persona.

“HAY QUE SER FUERTE”. ¿Qué significa ser fuerte? ¿No expresar dolor? ¿Llorar a escondidas para no incomodar a nadie? ¿Fingir que no nos importa? Para mí es vivir ese dolor sin juzgarse y admitiéndolo. Es algo muy difícil y hay que darle valor.

“ERA LO MEJOR”. Esta frase es habitual cuando alguien estaba muy enfermo, sufría o había perdido sus capacidades de manera importante. Es cierto que con estas muertes la familia puede descansar, pero no nos engañemos; esa muerte también duele. Nunca es lo mejor, siempre queremos un milagro y que hubiera una sanación espontánea y poder contar con la compañía del ser amado durante más tiempo.

Un funeral nos conecta con nuestra mortalidad, no nos resistamos intentando pasar por la experiencia sin sentirla, diciendo frases vacías. Si nos cuesta, siempre recomiendo la Técnica de Liberación Emocional (EFT), que es lo más efectivo que yo conozco para conectar con la emoción y liberarla, y así estar mejor. De este modo será más fácil abrir el corazón, mirar dentro de nosotros, aceptar la incertidumbre, revisar nuestra vida, ser honestos con lo que sentimos y empáticos con las personas que están intentando aceptar la muerte de alguien cercano.

Más que dar consejos, escuchemos, que nos digan cómo están y qué necesitan. Sólo el hecho de hablar ya es liberador, es una forma de sacar el dolor. También puede que te pidan que saques a los niños a jugar un rato, que les ayudes con la compra de mañana o les expliques cómo hacer un trámite; parecen cosas mundanas, pero son importantes y quizás no tengan las ganas, la fuerza o el tiempo necesario para hacerlas. Si estamos bloqueados con lo ocurrido, digámoslo. Si no sabemos qué decir, digamos que no sabemos qué decir. Sostener la mano del otro o abrazar no requiere de palabras y siempre llega.

Algo bonito que puedes hacer es contar historias del difunto que puede que no sepan, sobre todo si le conocías hace mucho tiempo. O compartir tus mejores recuerdos. El funeral más emocionante, divertido y maravilloso que jamás he visto es el que organizó el grupo Monty Python (cómicos ingleses) a su compañero Graham Chapman, fallecido a los 48 años. Lejos de la seriedad y solemnidad, se preguntaron qué querría su amigo y el resultado fue que las lágrimas de risa se unieron a las de tristeza en un h e r m o s o homenaje. Podéis verlo en este link www.youtube.com/watch?v=WhN7MkekMPA

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