A nuestros antepasados les educaron diciéndoles que una buena pareja (o más bien un buen marido o una buena mujer) era alguien que te daba seguridad con quien formar una familia. El tema romántico no se trataba mucho, al fin y al cabo con el tiempo ya le cogerías cariño y muchos de los matrimonios eran pactados por los padres.

Después las siguientes generaciones se revelaron y quisieron algo más: el amor romántico. Y de ahí pasamos a pensar que el otro era un ser maravilloso, perfecto con el que no tendríamos que discutir nada, encajaríamos como dos piezas de un puzzle y sería algo de película. Obviamente cuando eso no pasa vienen las decepciones.

Nos han vendido un amor romántico, adolescente e irreal donde todo tiene que ser siempre bucólico y a la primera que pasa creemos que algo está mal y salimos huyendo porque el otro no alcanzó nuestra idea mental o nosotros mismos sentimos que no estuvimos a la altura. Todo esto es fruto de una sociedad que ha vendido un amor adolescente. El amor entre adultos es incondicional, y entendemos que el otro a veces puede actuar desde un yo bajito como mañana lo podemos hacer nosotros. Eso no pone en duda la relación, la refuerza, porque es un amor honesto desde lo que somos, no desde lo que fingimos ser.

Nuestra pareja no es alguien ideal ni perfecto, igual que nosotros. Es una persona que va a ser nuestro espejo, un compañero con el que crecer, al que abrirnos del todo sabiendo que hagamos lo que hagamos nos seguirá amando. De eso trata el amor incondicional, de dejar que el otro descubra quien somos realmente sabiendo que eso no va a afectar a la pareja más que para convertirla en una relación más real, honesta y sincera.

Si cuando nos molesta algo del otro no se lo decimos, vaya a ser que se lo tome mal, lo que vamos haciendo es construir muros entre nosotros dejando enfados bloqueados que nos harán saltar de mala manera cuando se acumulen. En cambio si somos capaces de decírselo tranquilos y le animamos a decirnos también lo que le molesta de nosotros generamos un clima de confianza mucho más relajado.

Así sabemos que estamos construyendo un lugar común entre ambos. Donde cada uno aporta lo suyo y se generan acuerdos para estar cada vez mejor.

No hagas suposiciones
— Dr. Miguel Ruíz

En este sentido es más que recomendable no asumir que sabemos lo que el otro piensa o siente. Como dice el Dr. Miguel Ruiz en el libro “Los cuatro acuerdos”, no hagamos suposiciones. Porque nos queramos mucho no tenemos que ser necesariamente telépatas. Incluso si tenemos una conexión maravillosa en la que muchas veces sabemos lo que el otro piensa o siente, nada mejor que asegurarnos mediante el diálogo. Así también demostramos interés hacia la otra persona, le hacemos saber que es importante y es escuchada.

Claramente esos diálogos no siempre serán sencillos, cuando el otro nos muestra algo de nosotros que hay que cambiar eso duele. Crecer duele. Pero hay que verlo positivamente y no tener miedo de ese dolor. Si sabemos que el otro está con nosotros a pesar de esas cosillas por pulir nos da un punto de apoyo y una motivación enorme para hacerlo. Si asumimos que lo que nos dice lo hace por amor, porque quiere estar con nosotros y le decimos sus cositas con ese mismo tacto, poco a poco se convierte en una sana costumbre que no nos tomamos de manera tan personal.

Y aunque haya dolor tampoco hay que llevarlo al extremo de pensar que el amor siempre tiene que doler. Hay auténticos adictos a las relaciones perturbadas que oscilan entre el amor y el odio, entendiendo que eso es muy apasionado, en lugar de lo que es: enfermizo. Hacer daño al otro no es nunca el objetivo, eso genera heridas que siempre dejan cicatrices, ganas de venganza y otras maravillas del estilo que no tienen cabida en relaciones sanas.

Tu pareja no es alguien a quien puedas poseer o con el que te puedas fundir. Sois seres individuales que deciden estar juntos. Y eso puede durar toda la vida o no

Tampoco es nada sano asumir cosas como que “somos uno” o “es mío/a”. Eso es cosificar al otro. Lo convierten en “algo” que podemos poseer. Un ente sin personalidad propia. Genera la ilusión de seguridad, de que nada cambiará y no nos dejará nunca. Lo cual es sencillamente una verdadera estupidez. Queramos aceptarlo o no, y no es fácil de aceptar porque socialmente no nos han educado así a la mayoría, el otro es un ser INDEPENDIENTE. Eso quiere decir que tiene sentimientos, emociones y pensamientos propios, y sí, también se puede sentir atraído por otras personas. Lo cual no quiere decir que vaya a pasar nada por eso. No somos animalitos que vayan detrás de cualquier estímulo sexual sin pensar. Para eso somos seres con consciencia, tenemos capacidad de decisión y esas decisiones tienen consecuencias, así de fácil.

Las relaciones dependientes en las que “no hago algo porque el otro no lo hace”, “no sé qué hacer cuando no está la otra persona” o “dependo de su permiso para tomar decisiones”, no son ni sanas ni adultas. Es seguir comportándonos como niños en lugar de como adultos. Con ataques de rabia y chantajes emocionales incluidos.

Aquello de “ya cambiará por mí” esconde un ego descomunal detrás así como una falta de amor. Si queremos que cambie es porque no nos gusta como es y si no nos gusta ¿qué estamos haciendo? Busquemos a otra persona que sí que nos guste de verdad. Otra cosa es que haya cosas que pulir, eso es normal. Todos tenemos cosas que pulir, eso se hace con el tiempo, pero siempre debe hacerse desde la aceptación absoluta y el amor por el otro.

Lo maravilloso es que tenemos a otro ser diferente muy cerca y podemos descubrir matices nuevos cada día, profundizar en lo que es y seguir sorprendiéndonos y encontrando nuevas razones para amarlo. Y si crece con el tiempo mucho mejor ¡más para compartir! ¡Eso es evolución!

Y si en estos cambios resulta que ya no es la persona que deseamos como pareja, tampoco por eso hemos de odiar o ser odiados. Sigue siendo el mismo ser que amamos antes. Ahora toca decidir si lo queremos seguir teniendo en nuestra vida en calidad de amigo. Cosa que también lleva su tiempo y no ocurre de un día para otro.

Claramente también podemos decidir que, aunque le sigamos teniendo el mayor de los cariños, no deseamos que esté en nuestra vida ¡somos libres también de tomar esta opción!

Entonces toca disfrutar de la soledad. Una nueva etapa para descubrirnos y disfrutar de nosotros mismos sin buscar muletas (otras relaciones) que refuercen la seguridad personal de la que carecemos.

Sea como sea, si no estamos bien con el otro lo mejor, también en estos casos, es ser honestos y directos. No conozco una persona ni dos que esperan a cortar a que termine los exámenes, encuentre trabajo, supere una enfermedad… Puedo sonar poco amable, pero eso no dejan de ser excusas que nos ponemos. Podemos seguir apoyando al otro en sus exámenes, trabajo, enfermedad o lo que sea como un buen amigo. Seamos honestos ¿hay un buen momento para cortar? Creo que el mejor es cuanto antes. Así ambos podemos comenzar una nueva etapa. En caso contrario ¿de verdad pensamos que hacemos feliz al otro si nosotros no estamos felices a su lado? Es estirar una historia que ya no va, con lo que solo podemos causarnos y causar más daño. Eso sí, con nuestra mejor intención.

Comencemos a tener relaciones vivas, llenas de energía, sorpresas y descubrimientos. Veamos al otro como el ser fascinante que es con todas sus cositas, como nosotros tenemos las nuestras. Apoyémonos, limemos diferencias con cariño y paciencia y aceptemos que es una oportunidad maravillosa para convertirnos en mejores personas. Eso sí que es Amor, con mayúsculas.

 

Fotografía de la "princesa rosa" www.stuchy.com

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