Lo peor que le puede pasar una familia es tener la ilusión de ser perfecta. Suele ser una idea que tienen más los padres que los hijos y, a fuerza de repetirla, los hijos habitualmente pasan a creerla también. Los padres la tienen porque lógicamente la responsabilidad de cómo va la familia recae sobre ellos, y si algo no anda bien deberían de hacer algo al respecto. Tener la creencia de que su familia es maravillosa e inmejorable tal y como está les abre la posibilidad de no hacer absolutamente nada. Cierran los ojos, se repiten y repiten a los demás que todo va bien.

Esto no convierte a nadie en padre falto de amor, aunque sí en uno negligente. Asumiendo que ningún padre va a dañar a un hijo de forma voluntaria (a menos que esté muy mal emocional y/o mentalmente), cabe preguntarnos por qué pasa esto. ¿Por qué los padres no se atreven a aceptar que la familia que han formado ni es maravillosa, ni es estupenda, ni es perfecta? ¿Por qué no hacen algo para evitar el dolor? ¿Por qué nadie habla sobre lo que ocurre? Las causas principales suelen ser la costumbre, la vergüenza y el miedo.

La costumbre, la vergüenza y el miedo mantienen el silencio de lo que realmente pasa en casa

Empecemos hablando de las dos últimas. Cuántas veces hemos escuchado, o dicho, alguna de estas frases o similares: “No hables con nadie de eso, qué van a pensar”, “Lo pasado, pasado está, lo mejor es olvidarlo y seguir adelante”, “Esto son cosas de familia”… Los secretos se dan en todas las familias, solemos esconder información sobre eventos que generan vergüenza: asesinatos, prisión, embarazos no deseados, abandono de bebés, el fallecimiento de un niño, abusos sexuales dentro de la familia (por parte del tío, el padre, el padrastro, el abuelo, el hermano, la hermana, la abuela, la madrastra, la madre, la tía, etc.), problemas de drogas, violencia de género y temas similares. Estos hechos al no hablarse con nadie externo dejan a las víctimas sin posibilidad alguna de integrar lo ocurrido, con un sentimiento de soledad e incomprensión inmenso. Las familias desean tener “buena imagen” y el precio que pagan es un montón de emociones atascadas que pueden destruir lentamente la vida de sus miembros.

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¿Crees que si dices la verdad te dejarán de querer? En tal caso ¿te merece la pena un “amor” que tiene un precio tan alto?

Cuando se trata de poner sobre la mesa que nuestra familia tiene poco de perfecta y mucho de humana hay ciertos miedos habituales que se nos suelen activar. Para empezar el miedo a dejar de pertenecer al clan. Creemos que si compartimos el dolor que sentimos podemos ser rechazados y quedarnos solos en el mundo. Además, conocemos la historia de carencia de nuestros padres, su relación con los abuelos y los tíos, y no deseamos dañarles. Al conectar con esta necesidad estamos dejando de ser sus hijos para tomar el papel de sus padres, les protegemos y tratamos como a hijos dolidos y abandonados a los que deseamos evitar cualquier sufrimiento. Nos han enseñado durante años que “se lo debemos”, que “eso es lo que hacen los buenos hijos”. Por tanto, es normal que nos cueste reconocer que ellos son los adultos y que ese no es nuestro papel, sino el suyo. Al tiempo no llevamos al consciente algo importante: nosotros conocemos su historia de carencia y dolor, pero ellos no conocen nada de la nuestra. ¿Hemos de fingir que nuestra vida es perfecta para que ellos puedan seguir con esa ilusión? ¿O les daremos la oportunidad de saber la verdad y ocupar el lugar que realmente les pertenece en la familia? Muchas veces optamos por mentir para ahorrarnos el dolor de ver que aquellos que nos criaron no son capaces de reconocer nuestra historia, percibimos que no podrán soportar saber la verdad.

Las familias “perfectas” ponen por encima del sufrimiento de los hijos la ilusión de los padres de haber conseguido crear lo que ellos no tuvieron

En cuanto a la costumbre, por definición es lo que estamos acostumbrados a hacer. En sus hogares de origen los padres también fueron hijos. En esa etapa se acostumbraron a mendigar un amor, una comprensión y una aceptación que no tuvieron. Quizás en algún momento cansados, de tanto desearlo, dejaron de luchar y se prometieron a sí mismos que los encontrarían en otra parte, que necesariamente debía de haber alguien en el mundo que se lo diera, porque era lo justo y lo necesario. En esa búsqueda absolutamente vital para cualquier ser humano aparecieron sus hijos, llenos de amor, de posibilidad, de inocencia. De manera inconsciente, reconocieron la oportunidad: ellos les amarían, les comprenderían y les aceptarían. Con los años de forma más o menos clara utilizaron el chantaje y se aprovecharon de la fidelidad que todo hijo siente hacia sus padres, les fueron pidiendo que evitaran aquello que les podría dañar, que les pusieran por encima de todo (de sus deseos, de sus futuras parejas, de su propias necesidades vitales), que les protegieran, que les reconocieran, que les hicieran todo lo felices que ellos merecían ser. En definitiva, sin quererlo, los padres exigen a sus hijos aquello que sus propios padres debieron proporcionarles. Al entrar en esta dinámica nace una nueva generación que sentirá de nuevo esa falta de amor, comprensión y aceptación por parte de sus padres, niños que crecerán y harán exactamente lo mismo a sus hijos, perpetuando así un modelo caduco y enfermizo. Ese que pone por encima la necesidad de los padres de creer que han formado una familia perfecta, frente a los hijos que sufren en su cuerpo y en sus vidas las consecuencias.

¿Cómo se rompe tanto daño generacional? Para empezar asumiendo que nuestros padres jamás nos darán aquello que necesitamos, ni por falta de amor, ni por falta de ganas, más bien porque les es imposible dar cuando lo que esperan es recibir. Cortamos está dinámica cuando sabemos que eso es así y que solo hay una persona en todo el mundo capaz de cubrir nuestras necesidades básicas de amor, aceptación y comprensión: nosotros mismos. Renunciar a algo que consideramos justo y que hemos buscado toda la vida supone al tiempo un gran dolor y una inmensa liberación. De esa manera, miramos dentro, nos animamos a conocernos de verdad y a amarnos encontremos lo que encontremos. En el camino conocemos nuevas formas de relacionarnos más sanas, experimentamos con ellas y adoptamos aquellas que se ajustan más a nuestro nuevo ser. Una vez integradas, si tenemos hijos son esos nuevos patrones los que aprenderán. A ellos no les pediremos nada, porque ya somos capaces de darnos nosotros mismos lo que necesitamos. De esa manera, les daremos amor, aceptación y comprensión. Quizás no tanta como necesiten, pero sin duda mucha más de la que nosotros recibimos. Con esa fuerza interna saldrán al mundo sin pedir nada, sabiéndose imperfectos y amados de todas formas.

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Absolutamente todos los padres van a cometer errores y a dañar a sus hijos, lo importante es que desarrollen la humildad necesaria para reconocerlo, la apertura como para generar un clima donde se pueda hablar de ello y la capacidad de crecer juntos permanentemente, incluso sabiendo que eso puede doler y ser incómodo en ocasiones. La familia perfecta no existe, existen las familias reales y, de ellas, las mejores son las que lo reconocen y hacen algo al respecto.

Raquel Rús

Profesora certificada de Eneagrama y EFT. Especialista en Psicología energética y Gestión emocional

Este artículo ha sido originalmente publicado en Enero de 2018 por la Revista Universo Holístico. La revista es de distribución gratuita así que lo mismo está en tu herbolario.

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