Somos humanos. Seres en evolución encarnados en este hermoso planeta para crecer. Por tanto aceptémoslo:

- No actuamos de forma impecable ninguno de nosotros. ¿Por qué? Porque estamos creciendo. Vamos descubriendo poco a poco la luz que en realidad somos y mientras no sólo nos equivocamos, es que tenemos el derecho y el deber de hacerlo. Sólo así podemos crecer.

- El otro se equivoca. No estamos solos en nuestra capacidad para errar, es algo general. Los demás, en algún momento también se equivocan. Por tanto si tanto nosotros como los demás nos equivocamos hemos de asumir que es algo normal, nada extraordinario ni a lo que haya que dar más importancia de la necesaria. Así que sería bueno que también reconozcamos el derecho a equivocarse al otro.

- A pesar de que no siempre actuamos bien, todos somos seres de luz. Esto es lo que somos y nuestra misión aquí es, antes que ninguna otra, descubrirnos a nosotros como tales y, a continuación, ver la luz en el otro.

Equivocarse es una buena forma de aprender

Si exigimos perfección al otro, también nos la exigiremos a nosotros mismos y nunca seremos felices ¡porque nos equivocamos todos! Solo así podemos aprender, crecer y evolucionar. Una vez que comenzamos a asumir e integrar en todos los planos de nuestro cuerpo esta verdad es imposible no perdonar. Y ¿qué es perdonar? Vivimos en una sociedad donde el perdón ha sido relacionado con ser bueno. En este caso estaría muy asociado a la religión: “si eres bueno perdonarás a tu prójimo”. Entonces lo sentimos como una obligación, como algo que “hay que hacer”, con lo que nos tragamos nuestra rabia y nuestro dolor, ponemos una sonrisa y seguimos adelante. Pero eso no es perdonar.

También hay quien cree que quien perdona es que olvida o lo hace por cobardía, y no podrían estar más equivocados. Perdonar debe ser una acción consciente y desde la consciencia debo revivir todo lo que pasó, por tanto no olvido, eso es imposible. Incluso si perdono y tengo buena memoria ¿cómo podría olvidar? No somos robots que puedan controlar eso. Y al recordar es como tengo presente la enseñanza recibida.

Además revivir ese dolor, esa rabia, esa frustración no puede jamás ser de cobardes. Sólo los valientes de verdad son capaces de enfrentarse a sí mismos y a sus emociones bloqueadas. Y es a eso mismo a lo que nos obliga el perdón.

Aclarando la situación en nuestro interior, viéndola desde todas las perspectivas posibles, abriendo nuestro corazón para ver al otro y a nosotros, reconociendo lo que de verdad nos hirió, es como podemos perdonar. Es lo que nos permite vivir un presente lleno de oportunidades y no estancarnos en el pasado y su dolor. Aunque hay quien siente que es más “cómodo” seguir viendo la situación desde un solo punto, estando nosotros muy arriba juzgándolo todo, porque así nos sentimos a salvo, no podemos ser heridos por el otro y, sobre todo, no hemos de cambiar nuestro interior. En el fondo seguimos siendo la víctima, al que hay que apoyar, el que necesita tener razón… Y ese ser no es un ser poderoso, no actúa desde su luz, si no desde el miedo y cede su poder a aquel que le hizo daño.

Lo que no quiere decir que haya que permanecer pasivos ante comportamientos negativos. Para nada. Cuando uno decide actuar desde su Ser de Luz y perdonar no está huyendo, no está fingiendo que nada pasó, ni está criticando al otro a las espaldas. Se planta y reconoce que él también tiene parte en lo ocurrido, mira en su interior e intenta cambiar para crecer más rápidamente y, al tiempo, hace lo posible para no repetir lo que ocurrió.

Para ello no es necesario hablar con esa persona ni arreglar ninguna situación, es un cambio personal e interno. Es afirmar nuestra voluntad de ver a los demás como realmente son, seres amorosos en evolución. Y también es perdonarnos a nosotros mismos por permitir que ocurriera lo que pasó y perdonar al otro por no ser como queríamos que fuera.

Si hay rabia, hay que perdonar. No por el otro, por ti, para mejorar tu vida

Entonces está claro cuándo hay que perdonar: si hay rabia, hay que perdonar. Podemos hacer el ejercicio de cerrar los ojos y traer una situación o una persona a nuestra mente. Cuando ya está ahí, prestemos atención a nuestro cuerpo, él nunca miente. Quizás sea un dolor en el corazón, una opresión en el plexo, un nudo en la garganta… si el cuerpo tiene una reacción, hay que trabajar el perdón. Porque el no hacerlo nos hace más daño a nosotros que nadie. Y si crees que no ¡pregúntale de nuevo a tu cuerpo! ¿O crees que todas esas reacciones no tienen consecuencias?

Es verdad que perdonar no es sencillo porque tenemos muchas ideas, programaciones infantiles y sociales, que nos lo impiden. Es más que probable que nos enseñaran que enfadados estábamos “feos”, que si expresábamos rabia nos castigarían, que no escucharan o dieran importancia a lo que nos causó dolor y eso nos hiciera tragárnoslo. Obviamente aunque todo ello nos lo enseñaran nuestros padres, directa o indirectamente, ellos tampoco son culpables. Como dice Louise L. Hay, somos víctimas de víctimas. Lo importante es que hoy lo tenemos todo para cortar esta cadena, para elegir nuestra propia programación, aquella que nos hace más felices y que hará que las futuras generaciones estén más cerca de lo que realmente es su esencia.

Robin Casarjian en uno de sus libros cuenta que existe una tribu en Sudáfrica, los Babemba, de los que tenemos mucho que aprender. Cuando en la tribu alguien actúa injusta o irresponsablemente es colocada sola en el centro del pueblo. La persona es libre de marcharse si así lo desea pero si no lo hace los habitantes dejan de trabajar y se reúnen en círculo a su alrededor. Uno por uno recuerdan a la persona en el centro todo lo bueno que ha hecho a lo largo de su vida, con todo detalle, en voz alta, amorosa y sinceramente. Sin exagerar, mentir o mostrar sarcasmo. La ceremonia puede durar varios días hasta que todos han hablado, después el círculo se rompe y juntos hacen una alegre celebración para dar al acusado la bienvenida de vuelta a la tribu. A través del amor encontramos la unión y el perdón, nos liberamos del pasado y evitamos el miedo al futuro. La persona en el centro ya no es considerada mala sino que recuerdan el amor que sienten y que les une entre ellos.

Para empezar a trabajar el perdón un excelente ejercicio es hacer como los Babemba y escribir las virtudes de la persona que deseamos perdonar. Así salimos del extremismo mental, de la situación cómoda de etiquetar al otro sin verle en realidad.

Todos podemos ser egoístas, hirientes, crueles o infantiles y hemos de aprender a perdonarnos a nosotros mismos y al otro por esos momentos en los que no actuamos como lo que realmente somos. Cuando los hindúes dicen Namasté en realidad están saludando a la divinidad que habita en el interior de todos, a ese ser que eligió venir a perfeccionarse, a recordar quien era en realidad. Y cuando reconocemos que esa divinidad está en todos y cada uno, es mucho más sencillo perdonarnos y amarnos de corazón.

 

Este artículo ha sido originalmente publicado en Mayo de 2011 por la Revista Espacio Humano.

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