Encendemos la tele, abrimos nuestras redes sociales o el periódico del día y podemos ver estremecedoras noticias de guerras, asesinatos y violencia desatada.

¿Somos violentos de forma natural? ¿Es algo aprendido? ¿Es una defensa necesaria?
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Es tanto y tan doloroso que es difícil de procesar, quizás por eso no pensamos en su origen. Cuesta cuestionarse si nosotros, como humanos, somos una especie violenta de manera natural, dónde comienza esta tendencia y si nos damos cuenta de cuando cada uno de nosotros somos violentos. Como terapeuta no deja de sorprenderme cuando una persona tras otra relata episodios claramente violentos sin siquiera inmutarse. Lo habitual es que le quiten importancia, lo cuentan como una anécdota curiosa que permanece en su memoria, a veces incluso como una gracia que sale de pronto y a veces les hace sentir mal sin entender muy bien el porqué ¡si no es para tanto!

Como sociedad hemos normalizado la violencia, y no hablo de las escenas morbosas de las que podemos disfrutar en la televisión. Me estoy refiriendo a la violencia del día a día, a esa que de tan habitual ya ni vemos, a esa que nos han dicho que no debería de doler, que son cosas de la vida. Lo que pasa es que la vida que tenemos es extremadamente mejorable, y no son cosas “de la vida” si no de los humanos que no se toman el tiempo de mirarse a sí mismos, de sentir, de tomar decisiones nuevas o de preguntarse si todo lo que les han dicho hasta ahora es o no verdad, si nos restringe o nos expande.

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La autora que me ha tenido totalmente enganchada estos últimos meses, Laura Gutman, lo explica con una claridad y una sencillez como no había visto yo antes. Con un sentido común y un corazón permeable que nos hace ver dolores que sentíamos, pero de los que no nos permitíamos ser conscientes. Toca dar atención a lo no atendido, es la única forma de comenzar a sanar.

La mayor violencia es la pequeña violencia y es el origen de todo lo que viene luego, de eso que sí sale en los medios. Y ¿en qué consiste esa violencia silenciada y pasada por alto? Mucha de ella está en la infancia, en nuestros primeros años en este planeta cuando quizás nuestra familia no se daba cuenta de las dimensiones de sus actos (porque tampoco ven como se dañan a sí mismos habitualmente). Hay violencia cuando alguien nos obliga a que nos terminemos el plato tengamos o no hambre (enseñándonos así a no escuchar la sabiduría ancestral de nuestro cuerpo); cuando nos hacen correr al colegio mientras nos gritan "¿Quieres darte prisa? ¡Llegaremos tarde!"; cuando nuestros padres nos convierten en cómplices de sus infidelidades; cuando nos hacen tomar decisiones que no son propias de nuestra edad ("hace frío, tú decides si te pones o no el abrigo”, para unos días después poder decir “ves, ya estás resfriado, ¡te lo dije!”); cuando nos dejan en casa de alguien o en el colegio sin explicarnos lo que pasa, cuándo van a volver y si allí estamos seguros; cuando nos ocultan nuestra procedencia o la identidad de nuestros progenitores; cuando nos ponen motes familiares que todos encuentran muy divertidos y a nosotros nos duelen; cuando nos tratan como a idiotas por no entender conceptos que es imposible que comprendamos por nuestra edad (“Mañana es mañana ¿qué parte no entiendes?”, hasta que el cerebro no tiene unos años para los niños todo es presente, el futuro no existe); cuando asumen que somos pequeños y, por tanto, no nos enteramos de lo que pasa (algo que da mucha libertad para ejercer violencia sutil y evita que los mayores se vean a sí mismos como personas dañadas que a su vez dañan); cuando nos dan responsabilidades de adultos (cuidar de nuestros hermanos pequeños cuando somos todavía niños, es algo que deben de hacer los padres no los hijos); cuando generan competencia con nuestros hermanos convirtiendo a unos en “favoritos” y a otros en otros “celosos”, en lugar de apreciar a cada uno por lo que es y enseñarnos a cooperar; cuando nos comparan con algún antepasado de forma recurrente olvidando nuestra identidad única; cuando nos dicen a todo "eso no se hace", "eso no se dice", "eso no se come" y además no nos ofrecen opciones aceptables; cuando queremos vestir como un chico y nos ponen un vestidito, cuando queremos vestir como una chica y nos obligan a parecer lo que no somos; cuando regalan a nuestro compañero animal a otra persona sin escuchar ni dar importancia a nuestro dolor; cuando no nos dejan llorar porque eso es cosa de niñas y personas débiles; cuando los mayores niegan las consecuencias que sus actos tienen en nosotros; cuando nos obligan a estar quietos y "ser buenos” (siendo demasiado pequeños y queriendo ser niños que se mueven y conocen el mundo); cuando se olvidan de venir a recogernos al colegio; cuando nos aíslan; cuando nos dicen que somos demasiado mayores para jugar; cuando nuestros padres compiten con nosotros por nuestro atractivo físico, inteligencia o, al crecer, por los logros conseguidos en la vida; cuando un padre nos hace mentir al otro; cuando nos tocan y nos pasan de mano en mano como si nuestro cuerpo no nos perteneciera y fuera un objeto de uso público; cuando nos obligan a ser “fuertes” (desconectándonos de lo que sentimos de verdad); cuando evitan que expresemos nuestra sexualidad o nos meten creencias del tipo "todas las mujeres son unas guarras, no hay nadie como tu madre y tus hermanas" o "todos los hombres abandonan y maltratan"; cuando no somos abrazados o, sencillamente, tocados; cuando no nos miran; cuando nos disfrazan o nos hacen cantar y bailar para la diversión de los mayores sin preguntar lo que nos apetece; cuando nos niegan nuestra pertenencia a la familia abandonándonos; cuando nos llevan a terapia sin preguntarse antes qué pasa con ellos en casa y qué tipo de entorno nos están proporcionando; cuando nos etiquetan; cuando coartan nuestras percepciones con un "eso son chorradas"; cuando nos machacan de manera sistemática diciéndonos que hacemos todo mal, que los mayores siempre tienen razón y castigan nuestra resistencia; cuando no nos escuchan; cuando nos obligan a dejar nuestros juguetes (y ellos no prestarían los suyos, véase el móvil, ni a su madre); cuando nos dicen que lo que sentimos no es correcto (“no puedes odiar a mamá”, “eso no es para llorar”, “no te has hecho tanto daño”); cuando nos obligan a guardar dolorosos secretos para mantener la imagen de "familia perfecta"; cuando nos desprecian por ser como somos; cuando nos hacen todo convirtiéndonos en inútiles (“ya te hago yo la cama, los deberes y te defiendo de tus compañeros de clase”); cuando nos chantajean (“si haces eso papá se va a poner muy triste”, "no me dejes de querer nunca o me moriré", “el día que te vayas de casa no voy a poder soportarlo”); cuando al crecer nos impiden ser independientes y tomar nuestras decisiones (“esto te pasa por no hacer caso a tus padres”, “ya te dije que esa persona no era para ti”, “si te quedas en casa no te falta de nada y lo tienes todo hecho”); cuando no podemos desarrollar nuestros talentos; cuando en casa no se nos permite tener nuestras propias creencias espirituales, gustos y tendencias políticas; cada vez que nos hacen daño y luego actúan como si no hubiera pasado nada; cuando nos obligan a ser felices ("si tú no eres feliz, yo tampoco podré serlo", “no llores, no puedo soportarlo”, “tú no puedes estar triste mi niño”), etc.

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Toda esta violencia normalizada genera entornos hostiles en los que solo puede crecer gente a la defensiva, domesticada o que se olvida de sí misma y se evade a otro lugar mental. Son actos diarios que van más allá de lo físico, que dañan profundamente ¡y de los que no se habla lo suficiente! Comentarlos, reconocerlos, recordarlos, aceptar que ocurrieron y nos dañaron es el primer paso para liberarnos de sus consecuencias.

Raquel Rús

www.raquelrus.es

Psicología energética, EFT, Eneagrama, Gestión emocional

Este artículo ha sido originalmente publicado en Octubre de 2017 por la Revista Universo Holístico. La revista es de distribución gratuita así que lo mismo está en tu herbolario.

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